La emancipación de las máquinas y su eventual poderío sobre los hombres es una de esas fantasías modernas que aceptan el calificativo de “terrible”. La ciencia ficción abunda en páginas que desarrollan o modifican dicha idea, cuyo desenlace parece estar escrito en caracteres ominosos. Un cerebro de silicio que razona, inventa y bosteza puede ser entendido como un gran logro de la tecnología, como la culminación del sueño inmemorial de robar a la divinidad sus atributos creadores; pero también, según prefigura el argumento de Frankenstein, no deja de ser una posibilidad que linda con la pesadilla, con la inminencia de destrucción y catástrofe. Quizá la variante más aterradora e increíble sea la de una suplantación final y completa del hombre por la máquina.